Imagen tomada de: https://pixabay.com/photos/water-drop-rain-falling-pouring-275938/

Hace no pocos días, en alguno de los libros que pasó por mis manos, leí sobre un experimento de ciencia que espero realizar algún día. El experimento es con agua, aceite y un vaso.

Para realizarlo primero se debe llenar el vaso con aceite, y luego se vierte el agua, lentamente dentro del vaso. Poco a poco el aceite comenzará a salir del vaso y después de un cierto tiempo solo quedará agua dentro de él. Esto se debe a que el aceite es una sustancia no polar y tiene menor densidad que el agua, por ello el agua va hacia el fondo y mantiene el aceite flotando sobre ella.

Lo impresionante es que el agua, elemento común en el mundo y de uso cotidiano en la vida de tanta gente, tiene la capacidad de tomar el lugar del aceite, que suele ser una substancia trabajada y extraída de aceitunas, girasoles, maíz, sésamo u otra semilla después de un proceso más delicado y arduo. El cambio de líquidos dentro del vaso se da simplemente por la presencia de uno que, con su sencillez, expulsa al otro.

Así mismo son las circunstancias sencillas del ser humano, vividas con amor y alegría, las que permanecen en la propia vida. Realidades como el comer en familia, reír con los hijos, conversar con los proprios papás, sorprenderse con la fauna y la naturaleza. Estos elementos sencillos, y tantos otros dependiendo del contexto de cada uno, permiten a veces eliminar las complicaciones, los “aceites”, que propone una cultura de consumismo y de descarte.

Claramente existen avances tecnológicos y sociales muy adecuados para la vida del ser humano, pero ojalá que en el fondo del vaso del alma de cada uno persista el agua pura de lo sencillo, y que esta agua sencilla le dé claridad y sostén a todo lo que venga encima.

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