David Fagerberg, profesor de Liturgia en Notre Dame, tiene un libro espiritualmente provocador que se llama “Consecrating the world”. En uno de los capítulos, llamado “los ojos de la paloma (the eyes of the dove)”, constata que el ser humano tiene dos ojos, y no son precisamente el derecho y el izquierdo, sino el ojo exterior y el ojo interior.

El ojo exterior ve el mundo. Por el proceso del conocimiento sabemos que gracias a la luz que se refleja en las cosas somos capaces de verlas y de captarlas en nuestro interior. Las cosas no tienen una luz propia, y por ello necesitamos, en la casi totalidad de los casos, del sol u otra fuente de luz para ver los objetos. Esta es la realidad del ojo exterior, la que identifica, compara y presenta la información al cerebro, y es más que necesaria para desarrollarnos como personas.

El ojo interior ve las cosas en su orden sobrenatural, capta cómo están ordenadas en el plan de Dios. El ojo interior no ve “colores o formas” sino “oportunidades y gracias de parte de Dios”. Es aquí donde María resuena como esa “nueva criatura”, porque sin dejar el ojo exterior, permite que el ojo interior marque el camino de lo cotidiano.

María, la llena de Gracia, irradia ella misma la luz sobre las cosas. Al llevar a Cristo en su interior se hace ella misma la fuente de luz. Así como el sol hace que desaparezca la oscuridad cada mañana y permite ver las calles y caminos, así es cuando Cristo está dentro del alma e ilumina la creación a nuestro paso. Con Él dentro podemos ver por dónde caminar, qué medios elegir y por dónde alcanzar la plenitud a la que somos llamados.

Quiero exhortarnos a observar el mundo como María, y claro que lo podemos hacer por la vida de gracia, por recibir a Cristo en la Eucaristía, porque somos de Cristo. A Cristo primero se le oye, luego se le sigue, después se le imita, y finalmente se hace vivo en cada uno. ¿Es posible decir como San Pablo “ya no vivo yo es Cristo que vive en mí”? Tengo la certeza que sí lo podemos repetir nosotros cada día, si hemos dejado que nuestro ojo exterior se abandone en las manos del ojo interior.


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