Foto tomada de: https://pixabay.com/photos/violin-velvet-bow-musical-1136986/

Un violín tiene cuatro cuerdas. Cada una de ellas es una nota diferente, y éstas son Sol, Re, La, Mi, en orden de más grave a más aguda. El sonido en el violín se da cuando estas cuerdas vibran, sea por el arco o por un dedo, y el sonido se transmite por el puente y luego por el alma a toda la caja del instrumento.

Estas cuatro cuerdas, para que tengan un sonido armónico, tienen que estar afinadas entre ellas. De poco sirve tener la cuerda de Re en el tono correcto si luego las otras no están en condiciones de producir una correcta acústica. Por ello aunque cada cuerda es única y tiene notas que no le corresponden a las demás, solamente cuando están todas coordinadas entonces transmiten de manera natural la mejor música de Vivaldi, de Bach, de Coldplay o de quien quieras.  

De manera análoga sucede esto en el alma de cada ser humano. En ella hay cuatro cuerdas principales: la relación con Dios, con los demás, con la Creación y con uno mismo. Cada una de estas cuatro cuerdas interiores tiene un registro y un sonido diferente, pero cuando están todas afinadas permiten que el alma camine de manera ordenada.

Cada una de estas relaciones, al igual que en el violín, pasa por una clavija grande que afina las partes importantes, y luego por un trabajo del micro afinador que toca los detalles. No hay “fórmulas” para encontrar la afinación exacta en la vida, pero con un buen oído interior se sabe con claridad por dónde Dios guía a cada persona.

Qué necesario es dejar de tocar un poco, afinar las cuatro cuerdas de la propia relación con los demás y con uno mismo, y luego volver a las partituras de la vida disfrutando de un sonido que nos llena el alma y nos lleva a la plenitud.

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