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Todos reaccionamos ante los eventos de la vida que nos desagradan. Por lo general intentamos solucionarlo si es posible, pero si no muchas veces simplemente lo manifestamos ante los demás. Creo que existen dos maneras de exteriorizarlo; por una queja o por un gemido, y son muy diferentes entre sí.

La queja es escupir al aire lo que no me gusta y hacerlo sin proponer nada para mejorar la situación. La queja reclama con soberbia, propone algo a juicio personal y menosprecia lo que sea diferente.

El gemido es reconocer el propio límite e invocar a quien puede ayudar en encontrar la solución. El gemido muestra el dolor y la impaciencia que se experimenta, pero lo abraza mientras Dios así lo permita.

En la historia de la salvación se escucha el gemido que clamaba Israel mientras vivía en esclavitud en Egipto, y ese grito fue la causa para que Dios oyese a su pueblo. Años más tarde se oye solamente la queja del pueblo de Israel en cuanto camina por el desierto, y la misma queja causa los largos 40 años de camino y la prohibición para casi todos de entrar en la tierra prometida.

Así también en el día a día cada persona tiene la opción de quejarse con los demás, con Dios, con la vida y consigo mismo, y permanecer en un espiral egoísta del que no se sale muy fácil. La otra opción, es elevar un gemido a Dios, mostrándole todo lo que supera las propias fuerzas, logrando abrir la propia alma a Alguien trascendente, que pude dar respuesta a todas esas preguntas y situaciones dolorosas que no se comprenden.

¿Es que Dios va a darle una piedra a su hijo si éste le pide un pan? ¿Es que Dios no escuchará el gemido de sus hijos? La queja encierra, el gemido germina en esperanza.

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