Imagen capturada en: https://pixabay.com/photos/grass-green-nature-earth-4574494/

En Europa es primavera. Las semillas que cayeron en los surcos hace varias semanas ya murieron, dejaron de ser solo semillas. Después de días de sol, de calor y de un constante regadío la espera anhelada llega a dar sus primeras hojas verdes. Es el momento de germinar para cada plantita.

Germinar, para cada nuevo brote, implica romper la capa de tierra que se tiene por encima, fortalecer rápidamente las escuálidas raíces, enfrentar el sol durante largas horas y resistir a los insectos que tienen hambre después del invierno. Germinar parecería algo poético, digno de una pintura del romanticismo, y sin embargo es un momento duro y decisivo para cada planta. De hecho es tan decisivo que si no germina no existirán frutos al final de la estación.

No es muy diferente a lo que sucede en el alma de cada ser humano. Existen momentos donde se tiene que romper esa capa de tierra que pretender encerrar la propia iniciativa. Se dan situaciones donde no hay que temerle al sol que cansa y hace pesado el esfuerzo. También habrá insectos y gente menos simpática que por envidia o simplemente ingenuidad no estará feliz por lo que cada uno realice.

Frente a las dificultades al momento de germinar, ¿cómo reacciona nuestra inteligencia y voluntad? No hay lugar para la mediocridad si se quiere germinar, es necesario poner todas las fuerzas y lanzarse con entusiasmo a los desafíos, ya que no avanzar será retroceder.

Cada uno de nosotros tiene que germinar en la propia vida y en los ambientes donde nos movemos. ¿Cómo llegarán los frutos al mundo si no hay hombres y mujeres que estén llevando con constancia y dedicación su día a día? Germinemos, allí donde Dios nos quiere, que cuando menos nos demos cuenta estaremos rebosando de frutos y alegrando con ellos a tanta gente que nos rodea.

2 Comments

    • José Pablo Poblete, LC Reply

      Gracias padre Miguel Ángel. Saludos desde Roma.

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