♫ Cómo quisiera poder vivir sin aire ♫ Así canta una canción famosa en español, y providencialmente toca el núcleo de lo que sucede en el mundo con la emergencia del virus actual, ya que uno de los efectos más peligrosos del COVID-19 es la falta de aire en los pulmones.

El cuerpo enfermo atrofia su capacidad de inhalar y llega, a veces, a necesitar un ventilador mecánico mientras espera que el sistema inmunológico responda ante el agente invasor. Se vive sin aire, sin ser algo poético, y la vida cuelga de la técnica y del tiempo, y también de la disponibilidad ya que no existen respiradores para todos.

Qué paradoja la preocupación tan grande por un elemento, el aire y el oxígeno, que ni vemos, y que siempre ha sido lo normal y cotidiano en la vida en la Tierra.

La verdad, si embargo, es que estemos o no enfermos de este nuevo virus, varios nos quedamos ya sin aire y vivimos conectados a respiradores proporcionados por la ciencia, el avance de los medios de comunicación, la tecnología y las redes sociales.

Existe un tipo de “coronavirus” espiritual que merodea hace años entre nosotros. Ante la falta de padres cercanos, respiramos de internet. Ante la ausencia de un sentido trascendente, mantenemos los pulmones con placeres caducos. Frente al dolor, nos conectamos a aceptar el vacío y resignarnos a lo terrenal. E incluso más, ya que no todos pueden costear estos ventiladores de la tecnología, muchos quedan desahuciados sin apoyo, sin esperanza, descartados y moribundos.

¿Cuándo nos quedamos sin aire? ¿Dónde quedó el aliento de vida que Dios insufló en el ser humano al inicio de la historia? ¿Qué sucedió con el soplo de Cristo sobre los discípulos y la Iglesia? ¿Por qué no nos avisaron de la pandemia en la que está sumergida una parte del mundo hace décadas?

La buena noticia es que la esperanza sobrevive en el aire. Dios sí sigue allí presente, invisible ante los ojos, pero atractivo y brillante ante un corazón abierto. El presente es un momento particular para desenchufarse de algunas realidades que nos asfixian y descubrir nuevamente el verdadero aire que llena nuestros pulmones. La familia, los amigos, lo agradable de una conversación, la alegría de ayudar a otro, de poder compartir, y sobre todo la presencia íntima de Cristo. No vivamos sin aire, al contrario, que sea el momento para volver a respirar.


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