Con las palabras de este título Marta y María expresan la angustia de su corazón a Cristo, al ver que su hermano Lázaro estaba languideciendo de salud. De la misma manera claman centenas de miles de personas por todo el mundo al contemplar a sus parientes, amigos, cercanos y conocidos que padecen el látigo de la enfermedad y frente a la cual no pocas veces la cura no es un vocablo conocido.

Siempre han existido enfermos, al menos desde el pecado original, enfermos en el cuerpo y enfermos en el alma. Jesús toca esta realidad a lo largo de su vida terrena, mostrando su poder sobre la muerte temporal y también en la remisión de los pecados. De hecho la extensa escena de Marta, María y Lázaro del Evangelio de San Juan refleja esta doble realidad, de milagro físico y moral, como lo expresó San Agustín al comentarlo en su discurso sobre este capítulo.

Pero la exclamación de las hermanas de Lázaro está escrita de tal manera que no puede quedarse meramente en una página de la Biblia. Este grito puede hacerse oración de cada cristiano y más aún de cada sacerdote de Cristo.

Marta y María envían un mensaje a Cristo. No piden nada para ellas, ni tampoco la salud para Lázaro. Solo recuerdan que Él quiere a Lázaro, y el recordarse de ello será suficiente para que se realice el milagro que Dios disponga.

Sí, Dios quiere a cada una de las personas que queremos y que rodean nuestra vida, y vela por ellos. ¡Qué consuelo en medio de tantos dolores! En este momento algunos de ellos están enfermos, pasan por dificultades de ánimo, de voluntad y tienen la mente confundida por el miedo o la desolación. Por ello el grito de intercesión repitiendo este versículo «Señor, aquél a quien tú quieres está enfermo» toma sentido y es una oración que combina la sencillez con el amor confiado.

El Padre no puede no oír este grito. Lo escuchó en el Edén, luego en Egipto y más tarde en Babilonia. Siempre ha tenido el oído atento del corazón a las súplicas de los hijos, y en esta ocasión no podría tener un destino diferente que el que ha tenido en la historia: la misericordia y la compasión.

Por ello Cristo aclara que «esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». La enfermedad no es de muerte eterna, al contrario, es por la fe que se entra en el misterio y en ello Dios viene glorificado, recibe alabanza y testimonio. Puede ser que la salud no sea el fruto inmediato, pero seguramente en una lectura sapiencial de lo que ocurra se podrá percibir la mano bondadosa de un Padre que está siempre presente.