Lectura cristiana del aria pucciniana

Nessun dorma (que nadie duerma) es una de las arias más famosas del mundo de la ópera, hermosa y nostálgica conquista con facilidad la atención del corazón humano: prueba de la genialidad del arte. La inspiración se la debemos a Giacomo Puccini (1958-1924) que la incluyó al vértice emocional de su obra Turandot. En ella, la princesa – cuyo nombre da título a la obra – desprecia a todos los hombres que intentan cortejarla debido al maltrato que recibió una de sus antecesoras. El drama se envuelve dentro de la firme decisión de la princesa de no permitir que ningún hombre la corteje, tomando venganza del crimen cometido contra su antecesora, condenando a la muerte a todo aquel que, después de atreverse a pedir su mano al emperador, no lograse descifrar tres acertijos.

El evento transformante llega cuando un príncipe extranjero y desconocido, perdidamente enamorado de la princesa, pide su mano y logra descifrar los confusos acertijos. Inmediatamente el emperador obliga a Turandot a cumplir con el matrimonio, a pesar de las excusas de la princesa. El enamorado príncipe conmovido por el dolor de la princesa y no deseando forzarla, le da la oportunidad de librarse del compromiso siempre y cuando ella logre averiguar cuál es su nombre antes del amanecer. Es en ese momento cuando la princesa ordena, bajo pena de muerte, que nadie en Pekín duerma hasta que se conociera el nombre del extranjero colocando todos sus esfuerzos por averiguarlo. El príncipe, apartado y en profunda soledad, responde con la hermosa aria.

Puccini hasta ahora se ha mostrado cauto en presentar la simbología de este príncipe desconocido y la fría princesa que lo rechaza. Sin embargo, no duda en llenar su aria más importante de una recurrente terminología bíblica: el dormir del cansancio, la vigilia de la oración, la noche de la fe, la relación personal que implica el conocimiento del nombre, el misterio de Dios, las estrellas de la promesa, la boca de la ternura, el decir de la apertura, el morir para vivir… toda una meditación que podría alargarse sin problema al centro más profundo del misterio cristiano: el amor de Dios manifestado en Jesucristo. Analicemos las tres partes integrantes de esta épica aria.

Nessun dorma! Nessun dorma!

 

Tu pure, oh Principessa

Nella tua fredda stanza

Guardi le stelle che tremano

D’amore e di speranza

¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!

 

¡Tú tampoco, oh princesa,

(que) en tu fría estancia

miras las estrellas que tiemblan

de amor y de esperanza!

El canto se abre con la repetición retórica que el enamorado hace de la notificación imperial que se extiende por las calles de Pekín. Evoca, sin duda, a la invitación cristiana a estar despiertos, ambiente de oración y vigilancia en la noche de la fe. Un evento cargado de potencialidad misteriosa gana espacio en la escena de la vida de los habitantes, que comienzan a indagar con premura sobre el nombre del pretendiente. Inmediatamente se evoca la imagen de la princesa angustiada que, en la frialdad de su corazón, mira con temor por su ventana. Se encuentran sus ojos con las estrellas, que recuerdan la promesa divina a Abrahán, llenas de un espíritu de amor y esperanza, virtudes teologales, flechas hacia el corazón de Dios. Amor, significa relación de entrega, plenitud del corazón humano; esperanza, la certeza de la respuesta divina. Todo en la escena tiembla de emoción.

Ma il mio mistero è chiuso in me

 

Il nome mio nessun saprà

No, no, sulla tua bocca lo dirò

Quando la luce splenderà

Ed il mio bacio scioglierà

Il silenzio che ti fa mia

Coro

(ll nome suo nessun saprà

E noi dovrem, ahimè, morir, morir)

¡Mas mi misterio está encerrado en mí,

 

mi nombre nadie sabrá!

¡No, no, sobre tu boca lo diré,

cuando resplandezca la luz!

¡Y mi beso deshará

el silencio que te hace mía!

Coro

(¡Su nombre nadie sabrá…

y nosotros, ay, tendremos que morir, morir!)

En un segundo momento, aparece la palabra misterio, delimitado por el desconocimiento del nombre del pretendiente. El nombre es la posibilidad de establecer una relación personal e íntima; quien desvela su nombre abre la puerta a un trato auténtico , se hace vulnerable. En la Biblia, Dios desvela a Moisés su nombre dentro de un marco misterioso en la escena de la zarza ardiente. Sin embargo, su plenitud llega con el santísimo nombre de Jesús (Dios salva). Es inescrutable el misterio de Dios como su nombre. Sólo Él mismo puede revelarlo. Así, el pretendiente afirma que él mismo lo revelará – al resplandecer la luz – en la boca de su amada, manifestando la ternura y la espontaneidad de una acción de amor e intimidad. Este evento de amor, inesperado e apasionado, romperá el silencio y realizará la unión de los amantes. Rememora tanto la epifanía de Jesús en la noche de Belén como su obra redentora en su pasión y resurrección, con una denotación esponsal entre Dios y el alma, Dios y su Iglesia. A todo esto, a modo de coro, se escuchan las voces del morir de una antigua alianza o de las antiguas leyes que se romperán en la plenitud de la nueva Revelación.

Dilegua, oh notte!

 

Tramontate, stelle!

Tramontate, stelle!

All’alba vincerò!

Vincerò!

Vincerò!

¡Disípate, oh noche!

 

¡Estrellas, ocúltense!

¡Estrellas, ocúltense!

¡Al alba venceré!

¡Venceré!

¡Venceré!

El clímax está cargado de imperativos, de quien gobierna la situación. La noche de la fe y la esperanza de las estrellas comienza a disiparse frente a la llegada del amor, recordando la afirmación paulina de la primacía de la caridad en el octavo día. Concluyendo con el anuncio del triunfo del pretendiente, y con éste, la victoria definitiva del Amor. Puccini, que murió antes del estreno de la obra, dejó de este modo su herencia artística de la historia de amor más grande que ha conocido la humanidad: el amor de Jesucristo Nuestro Señor.