Cuenta una historia hindú que un pez joven le dijo a otro mayor: “perdone, usted es más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá ayudarme. Dígame: ¿Dónde puedo encontrar eso que llaman océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado”. “El océano”, respondió el viejo pez, “es donde estás ahora mismo”. – ¿ésto? Pero si no es más que agua… Lo que yo busco es el océano, replicó el joven pez… totalmente decepcionado, mientras se marchaba angustiado.

El evangelio de hoy nos habla de la torre de Siloé que cae sobre un grupo de personas. “Siloé” es la palabra en hebreo que significa enviado y una “torre” la edificación que se construía en la época para el ejercicio de la vigilancia. Posiblemente era una de las torres donde el pueblo de Israel esperaba la llegada del Mesías. Hay muchas situaciones en nuestra vida donde esperamos la intervención de Dios hasta el último momento, y pareciera que paradójicamente nos cae encima la torre donde lo esperamos, acabando con nuestra esperanza: una catástrofe, una enfermedad, un tragedia alargada. Del mismo modo, se habla de unos galileos que fueron a ofrecer un sacrificio. Los galileos eran considerados como personas impías. Podemos pensar que estos hombres habían querido relacionarse con Dios y se habían acercado al Tempo, para recibir improvisamente la muerte. En ambos casos, tenemos dos momentos donde el hombre espera una mano amiga de Dios y su actuación directa, pero recibe el vacío de un ser que no aparece, que no sale al encuentro, que no actúa.

Cristo articula su respuesta en dos momentos, que tiene como eco la misma voz de la zarza ardiente. Primero, dice: “me he fijado en sus sufrimientos”. 18 fueron lo que murieron, especifica. Cristo los contó uno a uno, conocía su dolor y el de sus seres queridos. Segundo, nos invita a relacionarnos con Él, a encontrarlo ya presente, la realización de su acción liberadora, “conviértanse”, es decir: “miren a mí”, “voy a librarlos”.

El centro del mensaje de este domingo es la respuesta de Dios a nuestras esperas alargadas y acontecimientos destructivos. El océano está en nuestro corazón al recibirlo, firmes en la confianza de que somos importantes para Él. Los acontecimientos no son un castigo, sino la ocasión de esta vida terrena pasajera en la libertad, donde Dios aparece como el único garante de transformación interior, de libertad, de amor, de abrir los ojos a nuestra verdadera realidad: la vida eterna. Para llevarlo a cumplimiento, Él se dirige a Jerusalén y muriendo en la Cruz, nos abrió para siempre las puertas a la eternidad, con la cual podrá fin a nuestros sufrimientos y llenará todo vacío y anhelo de nuestro corazón.

Dios nos conceda la gracia de tener un alma llena de esperanza, viviendo en el océano del amor de Dios.


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