Hace poco emitieron un documental sobre madres de jóvenes secuestrados y asesinados. Escuchando sus testimonios se percibe el eco del dolor del corazón del Padre Misericordioso, que revive cada día la partida del hijo hacia tierras lejanas: “Nunca olvidaré el día que se lo llevaron” “No puedo pensarlo cómo serían ahora, en mi mente sigue como la última vez” “Desde que se lo llevaron nunca he parado de buscarlo en su habitación“La herida abierta me hace seguir y seguir… buscarlo y no parar” “Siempre he tenido la ilusión de que puedo recuperarlo” “Amo a mi hijo, se lo llevaron vivo en mi presencia, no puedo admitir que está muerto”.  

Cristo hoy nos describe a Dios como un Padre amoroso que ve partir a su hijo secuestrado por el pecado. ¿Su corazón? Con mirada de largo alcance, brazos abiertos, oídos pacientes, palabras de perdón, rostro conocido… como el de estas madres. Un Padre que conoce nuestros arrebatos de “libertad” de la supuesta esclavitud que sentimos a veces en su presencia, nuestra incapacidad de ver lo bueno de la vida con Él y los tesoros que nos regala, nuestras ansias de alimentos placenteros en las lejanías de sus territorios, la oscuridad que nubla nuestro entendimiento y hace entrar las dudas en nuestro interior frente a los problemas que nos agobian, nuestras aventuras lejos del rebaño hacia las promesas inmediatas del bosque encantador, nuestras vidas en los perímetros de la enfermedad y miedos a la muerte, nuestra rabia frente a lo que no podemos cambiar ni aceptar, nuestra vivencia de mendigos llenos de miedos detrás de la puerta del perdón y de la reconciliación…  

Frente a estas realidades, Dios jamás se cansa de subir a la terraza, de preguntar en las plazas, de enviar mensajeros… de ser Padre de Misericordia y perdonar. Esto se concretiza cada día desde la salida del sol y en la vida misma que Él nos regala. Todo nos dice: “te espero en casa”… y en nuestro interior somos siempre esos niños – como el hijo pródigo– mendigos de amor, perdón y acogida. 

 Que nuestros pasos estén hoy hacia la dirección correcta, al descanso en los brazos de un Padre que nos ama. Al menos “un paso más cerca”.